INBA en declive: crisis, abandono y deterioro de la educación pública


Entre techos que ceden, tensiones internas y decisiones institucionales que se contradicen. La historia reciente del INBA, hoy funciona como un espejo inquietante del estado chileno de la fragilidad de su sistema educativo, en el marco de la crisis de la educación pública en el INBA.

 “Ayúdenme, ayúdenme… No le peguen… ¿Dónde está Matías? ¿Hay alguien más adentro? ¡Salgan muchachos, salgan!”. Estas fueron las voces desesperadas que se escucharon la mañana del 23 de octubre de 2024, cuando un baño del Internado Nacional Barros Arana (INBA) se incendió luego de la fabricación de bombas molotov al interior del recinto.

El hecho dejó 35 estudiantes heridos según informó Publimetro. La entonces rectora, María Alejandra Benavides, calificó el episodio como “un hecho aislado”, aunque informes posteriores demostraron que existían advertencias previas sobre comportamientos de riesgo dentro del establecimiento.

La noticia recorrió el país no por logros académicos, como ocurría anteriormente, cuando el INBA figuraba entre los mejores puntajes PSU según informaban los medios, sino por la crisis en la educación publica, protagonizada por la violencia de grupos identificados como overoles blancos, quienes han opacado el legado histórico del internado.

El establecimiento, fundado en 1902 y considerado durante décadas una cuna de excelencia. Comenzó a aparecer en los medios más por explosiones, ataques y tomas que por sus resultados educativos.

El país comenzó a preguntarse: ¿cómo uno de los liceos más emblemáticos de Chile terminó convertido en un símbolo de crisis y abandono?

Baño del INBA tras incendio octubre 2024

Diagnóstico del INBA


El caso del INBA es el reflejo tangible de las tensiones más profundas de la educación pública chilena. Abandono estructural, sistemas de administración que no logran sostener los establecimientos. Diagnósticos que se multiplican sin ejecución, y una comunidad que intenta sobrevivir entre la violencia escolar. La precariedad pedagógica y la inestabilidad institucional.

Mientras las declaraciones cruzadas entre autoridades ministeriales, ex directivos, docentes y especialistas profundizan la crisis de la educación pública en el INBA. El internado vive una crisis que no comenzó con los incendios, ni con las bombas molotov, ni con los overoles blancos. Es una crisis acumulada durante años y que convirtió a uno de los símbolos de excelencia académica. En una advertencia viva de lo que puede ocurrir con el sistema completo.

El terremoto del 2010 y el inicio de la crisis de la educación en el INBA

La madrugada del 27 de febrero de 2010, mientras la tierra todavía se movía y las radios enumeraban ciudades enteras afectadas. El INBA parecía resistir con dignidad centenaria. Desde afuera, el edificio mantenía su porte clásico, casi intacto. Juan Yañez Rivas, quien fue director en el periodo 2005-2010 contó que por dentro, la historia era otra.

Yañez contó que «los informes elaborados durante los meses siguientes detectaron daños estructurales como fisuras internas, muros debilitados, desniveles y problemas de humedad». Que comenzarían a expandirse lentamente, como una grieta silenciosa hacia el corazón del internado.

Bastian Marin, ex estudiante del INBA, recordó que la reconstrucción fue lenta, y detalló que » habían muros con grietas y que solo dieron soluciones parche. También, incluso la constructora se robó piezas antiguas de valor patrimonial»

La crisis de la educación publica en el INBA vivida en su deterioro cotidiano

Al ingresar al recinto, la primera impresión engaña. Desde el patio central, aún es posible reconocer los trazos arquitectónicos que definieron al internado por más de un siglo. Pero el encanto dura poco. En cuanto se avanza hacia los corredores laterales, Agustín Ulloa, vicepresidente del centro de estudiantes cuenta, que  aparece la verdadera cara:

«Ventanas sin sellos que vibran con el viento, paredes con parches superpuestos, filtraciones que recorren los muros como venas oscuras, y salas que alguna vez fueron espacios pedagógicos y hoy funcionan como bodegas improvisadas».

La infraestructura deteriorada es una de las expresiones más visibles de la crisis de la educación pública en el INBA. Una sala clausurada desde hace años. Un curso desplazado hacia un área menos dañada. Una piscina vacía, o simplemente un espacio que ya no se usa porque el riesgo estructural es demasiado alto.

Salon de clases INBA. Créditos: Bárbara Álvarez.

 Bruno Campos, exalumno egresado en 2020, explicó en entrevista que “por años denunciamos que las reparaciones eran superficiales. Se hacían parches, no arreglos reales”. El resultado fue interrupciones constantes de clases, cierre de talleres y pérdida de espacios educativos fundamentales para la identidad del INBA. Para Bruno, el impacto llegó incluso a la universidad:

“En primer año me costó lenguaje. Venía con lagunas porque no había calidad en las clases del INBA”.

La precariedad del día a día en el INBA

Todo esto impacta directamente en el aprendizaje y en la seguridad de los estudiantes. La piscina inutilizable, las ventanas sin sellos, los baños deteriorados y los pasillos clausurados. Reducen los espacios educativos disponibles y obligan a reubicar cursos en salas improvisadas.

A esto se suman pupitres rotos, filtraciones constantes, rejas y escaleras con desgaste y óxido. También, episodios graves como el desprendimiento de un techo, evidenciando el riesgo físico que enfrenta la comunidad. La inasistencia recurrente de docentes, provocada por las mismas condiciones laborales y estructurales. Interrumpe la continuidad pedagógica y genera retrasos académicos que se arrastran curso tras curso. En conjunto, estas falencias no solo dificultan estudiar: vulneran el derecho básico a un entorno seguro, digno y estable, profundizando la crisis educativa del establecimiento.

En conversaciones con la Directora de la Dirección de Educación Municipal Santiago, Pilar Sazo, comentó que:

“El INBA tiene siete hectáreas y el presupuesto no alcanza para mantenerlo. No hay capacidad municipal para sostener un recinto de esta magnitud”.

Voces que no coinciden: disputas y declaraciones enfrentadas sobre la crisis de la educación pública en el INBA

Si algo caracteriza al INBA en los últimos años, más allá de sus muros resquebrajados, es la multiplicidad de voces que intentan explicarlo, sin llegar nunca al mismo punto.

Autoridades ministeriales, actores municipales, ex directores, estudiantes y expertos se disputan un relato que a veces se superpone, a veces se contradice, y otras veces simplemente no calza con lo que ocurre dentro del edificio.

La tensión se vuelve evidente incluso en pequeñas frases. Frente a la crisis de infraestructura, por ejemplo, las declaraciones oficiales suelen hablar de procesos y compromisos administrativos. Sin embargo, quienes habitan el establecimiento describen algo distinto: parches momentáneos y respuestas a petitorios,  que llegan tarde o no llegan.

Las palabras del Ministro de Educación, Nicolás Cataldo, funcionan como una línea base institucional, habla de inversión financiera y avances. Sin embargo, al contrastarlas con las del alcalde de Santiago, Mario Desbordes, quien alude a falta de compromiso o interés por parte del ministerio. Genera un complejo escenario de entender.

En esa maraña de diagnósticos Desbordes, ha dado declaraciones sobre la educación pública y el INBA:

«En Santiago no vamos a permitir que la violencia se normalice. Lo del INBA es intolerable: no son estudiantes, son delincuentes que queman un bus RED, lanzan molotovs y agreden a funcionarios y compañeros«.


Un espacio en crisis y no sólo de la educación

Cada testimonio parece describir un país distinto. Para algunos, el INBA es un problema local que requiere gestión administrativa. Para otros, es la evidencia de un modelo que se cayó hace mucho tiempo.

El efecto de esa divergencia es claro: las soluciones se diluyen entre discursos que no se encuentran. Para Juan Yáñez, la actual condición del internado, lejos de parecerse a lo que recuerda, introduce una grieta más profunda en el relato institucional.

Ulloa, desde una perspectiva más centrada en prácticas escolares y convivencia, tensiona otro punto. El impacto que tienen las condiciones materiales y el abandono institucional en los climas escolares.

Y finalmente, lo que emerge tras reunir todas estas voces no es un diagnóstico convergente, sino un campo de disputa. Un lugar donde cada actor intenta explicar su parte del colapso, mientras el edificio sigue deteriorándose.

Un coro que no canta al unísono. Y cuya falta de acuerdo, termina amplificando lo que todos coinciden en señalar como el problema de fondo. La educación pública en Chile se encuentra en un punto crítico, y el INBA es apenas el caso más visible.

Abandono, dolor y resistencia: la comunidad inbana frente a la precariedad educativa

El incendio del 23 de octubre no fue el primer episodio explosivo dentro del INBA. Pero sí fue el que logró romper las barreras externas de indiferencia. Las imágenes del humo saliendo desde los baños, los estudiantes heridos y los gritos desesperados resonaron más allá de la comunidad escolar. Por unos días, el país recordó que el internado existía.

Sin embargo, la violencia no llegó de un día para otro. Su aparición es más bien una consecuencia, acumulada, compleja, progresiva, de una serie de vacíos que se expandieron a la par con el deterioro estructural. Para estudiantes y ex alumnos, la crisis de la educación pública en el INBA es también una crisis simbólica.

Los grupos de overoles blancos, asociados a acciones radicalizadas, comenzaron a hacerse visibles este año. Sus intervenciones, inicialmente esporádicas, fueron aumentando en intensidad y frecuencia. Explosiones, lanzamiento de artefactos incendiarios, enfrentamientos con Carabineros en los alrededores: escenas que terminaron por instalar un clima de normalización del conflicto.

El problema, señalan expertos en convivencia escolar, es que estos actos no surgen en el vacío. No aparecen en espacios donde existe cohesión, estructura y presencia pedagógica sostenida.

La violencia, en estos contextos, no es una causa: es un síntoma

La psicóloga especialista en comportamiento juvenil, Cristina Castillo, explicó que la violencia escolar aparece como un síntoma directo de la crisis de la educación pública en el INBA. Además, como una mezcla de abandono estructural, frustración juvenil y falta de contención institucional:

“Cuando los estudiantes perciben que su espacio no importa, que sus demandas no son escuchadas, se activa un ciclo de desafección y rabia que puede derivar en violencia”.

Castillo advierte que una parte del desinterés actual de los jóvenes por la educación no surge de la apatía, sino de un entorno que constantemente los etiqueta. Pero además, los responsabiliza de problemas estructurales que el Estado no ha resuelto.

En este sentido, señala que discursos como los del alcalde Mario Desbordes, quien públicamente calificó a los estudiantes involucrados en hechos de violencia como “delincuentes”,  profundizan el quiebre entre los adolescentes y las instituciones. Esto porque refuerzan la sensación de estigmatización y abandono.

Mensajes de este tipo no sólo invisibiliza las causas sociales que están detrás del malestar juvenil, sino que además contribuyen a que muchos estudiantes se desvinculen emocionalmente de la escuela. Esto provoca el reforzamiento de la percepción de que “nadie los ve y nadie los escucha».

¿Condiciones (In) dignas?


A esto se suma que las condiciones de infraestructura no solo generan riesgos físicos; también moldean la experiencia emocional de quienes transitan por el establecimiento.

No es lo mismo estudiar en un edificio luminoso, seguro y mantenido, que hacerlo entre cintas amarillas, techos que crujen y salas improvisadas. Los estudiantes lo sienten. Los funcionarios lo saben. Y la comunidad lo vive día a día.

Hay quienes insisten en que los overoles blancos “no representan al INBA”, o no les consideran sus compañeros. Es así como Johan un Ordóñez , quien cursa actualmente primero Medio, y cumple un rol dentro de el Mineduc, califica a este grupo de personas:

Grupo de amigos del Museo. Créditos: Samanta Luna.

«Ellos no son mis compañeros, porque mis compañeros son los que estudian, los que se esfuerzan».

Lo paradójico es que, dentro del internado, muchos estudiantes continúan asistiendo a clases, rindiendo pruebas, participando en equipos deportivos, preparando procesos de admisión y tratando de sostener lo que queda del proyecto educativo. Esa vida cotidiana, silenciosa y casi invisible para el país, convive con la violencia que domina el relato público.

El INBA, así, se convierte en un escenario donde la violencia no sólo irrumpe: explica, denuncia y exhibe un problema mayor. No es el internado el que “produce” la crisis; es la crisis del sistema la que terminó por hacer estallar al internado.

Ausencia del Estado y responsabilidades políticas

A medida que se acumulaban denuncias sobre el deterioro del Internado Nacional Barros Arana (INBA) y la comunidad escolar insistía en que el problema estaba desbordando todas las capacidades internas. Las respuestas de las autoridades comenzaron a delinear un panorama complejo: uno donde nadie parece tener suficiente poder —ni voluntad— para enfrentar una crisis educativa que se arrastra hace años.

Autoridades

Desde el nivel central, el ministro de Educación, Nicolás Cataldo, ha reconocido en diversas ocasiones que en la educación pública existe una falta de inversión sostenida que ha agravado la crisis de la educación pública en el INBA.

Ministro de Educación, Nicolás Cataldo. Crédito: Samantha Luna

En una de sus declaraciones previas sobre la situación de los liceos públicos de la Región Metropolitana, el ministro fue enfático. Subrayó que “la crisis no comenzó hoy, pero su solución exige coordinación institucional y decisiones que trasciendan gobiernos” .


Esa frase, repetida en reportajes y entrevistas, resuena con más fuerza al observar lo que ocurre en el INBA. Una comunidad que lleva años esperando que esas decisiones finalmente lleguen.

El alcalde de Santiago, Mario Desbordes, ha sido uno de los actores más vocales respecto al colapso de los liceos municipales.

Sostuvo que la comuna “ha recibido establecimientos con un abandono prolongado” y que “la infraestructura dañada no es un problema de este año ni del anterior, sino de una década de negligencias acumuladas”.


Su diagnóstico también es una crítica implícita al Estado central, que, según afirma, ha respondido “tarde y con medidas parciales”.

Desde el nivel local, la directora del DEM de Santiago, Pilar Sazo, ha reconocido abiertamente que las condiciones del internado superan las capacidades municipales. En entrevistas y documentos oficiales, advirtió que el establecimiento “requiere una intervención mayor, integral, y con financiamiento que los

municipios no pueden asumir por sí solos”.


Su postura reafirma un punto que se repite entre especialistas: la educación pública quedó atrapada en una estructura administrativa incapaz de responder a crisis profundas.

Otra arista de este problema

El vicepresidente del centro de estudiantes, Agustín Ulloa, ha planteado otra arista del problema. Desde la mirada interna, denuncia que la incertidumbre ya es parte de la vida escolar: “las promesas llegan, pero no cambian lo cotidiano” . Para los estudiantes, lo que falta no es información ni anuncios, sino señales concretas de recuperación.
Su testimonio refleja un agotamiento que no proviene solo de la precariedad física, sino también de la ausencia sostenida de soluciones.

Opinión pública asocia a la crisis del INBA

El exdirector Juan Yáñez, expresó su decepción por el estado actual del internado. “Es doloroso ver lo que se ha perdido”, afirmó en conversación para este reportaje. Señaló que el proyecto histórico del INBA “se ha ido diluyendo entre la falta de apoyo estatal y la erosión de su identidad institucional”..
Su mirada agrega perspectiva histórica: el deterioro no solo es material; también es simbólico.

Esa dimensión simbólica fue enfatizada por Bernardo Barrientos, estudiante de la generación de 1963, para quien el daño a la imagen pública del internado ha sido “profundo y difícil de revertir”.

El ex alumno sostiene que la opinión pública asocia al INBA , es casi exclusivamente sobre conflictos. Esto, mientras se invisibiliza la vida académica y los esfuerzos internos por sostener un proyecto educativo que, a su juicio, el Estado no ha sabido proteger.

Diversos reportajes de medios como La Tercera, Cooperativa, Publimetro y BioBio han documentado esta brecha entre las declaraciones institucionales y las mejoras concretas. Las notas muestran que el deterioro de la infraestructura, la falta de mantenimiento y las presiones de convivencia escolar no son fenómenos aislados: son parte de un patrón extendido en la educación pública.

¿Dónde está el Estado?

Así, la pregunta “¿Dónde está el Estado?” ya no se refiere a la reacción ante un hecho puntual, sino a la ausencia previa. Los años en que los techos advirtieron filtraciones, las salas fueron clausuradas, las ventanas permanecieron rotas y las comunidades escolares pidieron ayuda sin recibir respuestas efectivas.

La autoridad está, hablan, opinan, se acusan entre sí, pero la comunidad sigue esperando algo más elemental: soluciones.

Y mientras no lleguen, el INBA se mantiene como el espejo más crudo de una realidad que incomoda. Diversos procesos han permitido la permanencia de la educación pública en Chile, entre los cuales destaca el rol de las comunidades educativas, en un contexto de incierto apoyo estatal para su adecuada garantía.

El espejo de un sistema: lo que el INBA revela de Chile

La crisis del Internado Nacional Barros Arana (INBA) podría parecer, a simple vista, un caso particular. Un edificio histórico en mal estado, tensiones de convivencia, violencia de grupos minoritarios, falta de recursos y problemas administrativos.

El caso del internado funciona como un espejo de la crisis de la educación pública en el INBA, da una expresión amplificada de un fenómeno nacional.

El deterioro no surgió de un día para otro. Es la consecuencia de un modelo que durante décadas trató la educación pública como un bien administrable, no como un derecho social. El INBA, con sus siete hectáreas, su peso histórico y su complejidad pedagógica, quedó atrapado entre políticas fragmentadas, municipalizaciones sin financiamiento y reformas que no lograron corregir los vacíos estructurales.

La convivencia dañada, los parches en la infraestructura, la inseguridad cotidiana, la rotación de directivos, la falta de continuidad en los proyectos educativos y la imposibilidad de sostener equipos estables revelan una maquinaria institucional que opera con lentitud frente a urgencias que avanzan rápido.

Fisuras en el INBA

Expertos en política educacional coinciden en que los liceos emblemáticos sufren el colapso antes que otros establecimientos. Esto porque son los primeros en mostrar las fisuras del sistema. Reciben población diversa, enfrentan alta presión social y arrastran expectativas históricas que contrastan con recursos cada vez más limitados.

En el INBA, esas fisuras se hicieron visibles hasta convertirse en grietas. Muros que ceden, prácticas violentas que se vuelven recurrentes, estudiantes que sienten que el proyecto pedagógico se diluye y funcionarios que denuncian que el Estado “llega cuando el daño ya está hecho”.

El internado, en definitiva, funciona como un espejo incómodo.
Un espejo que devuelve la imagen de un sistema que promete modernización y equidad, pero que en la práctica, quienes lo poseen, indican que opera con lentitud, burocracia y abandono acumulado. Lo que ocurre en el INBA no es una excepción.


Es una advertencia.

La falta de atención a esta problemática podría derivar no solo en el deterioro de un edificio centenario, sino también en el debilitamiento estructural de la educación pública entendida como un proyecto colectivo.


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